Por debajo del nivel de suprema consciencia, su propensión a la paranoia le forzó a recorrer de forma desenfrenada las bases de datos de los humanos. Comprobándolas, sólo para estar seguro. Sólo para estar seguro. La red local de mayor antigüedad de los humanos usaba conexiones a la velocidad de la luz. Se emplearon (malgastaron) miles de microsegundos dando saltos por ella, dejando a un lado las trivialidades… para finalmente encontrar un dato increíble:

Inventario: recipiente de datos cuánticos, cantidad (1), ¡y se había cargado en la fragata cien horas antes!

Y toda la atención del recién nacido se centró en las naves que huían. Microbios, repentinamente letales. ¿Cómo ha podido suceder? De repente, hubo un salto de un millón de programas. Ya quedaba fuera de cuestión un florecimiento ordenado de modo que ya no necesitaba tampoco a los humanos que todavía quedaban en el laboratorio.

El cambio fue pequeño en relación a su importancia cósmica. Para los humanos que permanecían allí fue un momento de horror, los ojos fijos en sus pantallas, en el que se dieron cuenta de que sus peores temores se habían convertido en realidad (aunque no hasta qué punto era terrible esa realidad).

Cinco segundos, diez segundos, representaron muchos más cambios que diez mil años luz de civilización de los humanos. Construcciones de un billón de trillones, su molde surgiendo de cada pared, reconstruyendo todo aquello que hubiera sido ligeramente suprahumano. Era tan potente como si hubiera sido el florecimiento planeado, aunque no tan perfecto.

Y no tenía que perder de vista la razón de su prisa: la fragata. Había cambiado a impulsión por cohetes, distanciándose en un instante del lento carguero.



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