De algún modo, aquellos microbios sabían que estaban rescatando mucho más que a ellos mismos. La nave de guerra llevaba incorporados los ordenadores más avanzados que sus minúsculas mentes pudieron fabricar, pero aún faltaban otros tres segundos antes de que pudiera hacer su primer salto de ultraimpulso. El nuevo Poder no disponía de más armas sobre el terreno que un láser normal, que no podría ni fundir el acero a la distancia que estaba la fragata. No importaba, el láser estaba apuntado, ajustado sobre el receptor de cola de la fragata de guerra. No hubo respuesta. Los humanos sabían lo que conllevaba la comunicación. La luz del láser bailó aquí y allá sobre el casco, iluminando una superficie lisa y unos sensores inactivos, resbalando sobre las espinas de ultraimpulso de la fragata. Buscando, tanteando. El Poder nunca se preocupó de sabotear el casco exterior, pero no representaba un problema. Hasta aquella tosca máquina tenía miles de sensores robot repartidos por su superficie, informando sobre su estado y un posible peligro, usando programas de utilidades. La mayoría de los programas no funcionaban y la fragata casi se desplazaba a ciegas. Quizá creían que estarían a salvo siempre y cuando no miraran. Un segundo más y la fragata alcanzaría la seguridad interestelar. El láser caracoleó sobre un sensor de averías, un sensor que informó sobre cambios críticos en uno de los ultraimpulsores principales. Era suicida ignorar esa interrupción antes de un salto estelar. Interrupción aceptada. El nódulo de interrupciones se activó, buscando, recibió más luz láser: una entrada furtiva en el código de la fragata, instalado cuando el neonato había subvertido el equipo de tierra de los humanos…

… y el Poder subió a bordo, disponiendo de varios milisegundos. Sus agentes —ni siquiera había equivalencia humana en este primitivo equipo—, recorrieron las automatizaciones de la nave, apagándolas, abortando sus operaciones. No habría salto. Las cámaras del puente de la fragata mostraron ojos sorprendidos, el comienzo de un grito. Los humanos lo supieron, en la medida en que el horror puede vivir una fracción de segundo.



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