No habría salto. Pero el ultraimpulsor ya estaba encendido. Intentaría un salto, pero sin control automático estaba condenado al fracaso. Menos de cinco milisegundos para la descarga, un borbotón mecánico que ningún programa podía controlar. Los agentes del neonato volaron por doquier en los ordenadores de la nave, intentando en vano desconectar el equipo. A un segundo-luz de distancia, bajo las grises ruinas del Laboratorio Alto, el Poder sólo podía observar. La fragata sería destruida.

Tan despacio y tan rápido. Una fracción de segundo. El fuego se expandió desde el corazón de la fragata, engullendo tanto el peligro como cualquier posibilidad.

A doscientos mil kilómetros de distancia, el torpe carguero efectuó su salto de ultraimpulso y se perdió de vista. El neonato apenas reparó en ello. Conque habían escapado algunos humanos; que el universo les diera una buena acogida.

En los segundos siguientes, el neonato sintió… ¿emociones? Cosas que eran más, y menos, de lo que podía sentir un humano. Probemos con emociones:

Euforia. El neonato sabía que sobreviviría.

Horror. Una vez más había estado a punto de morir.

Frustración. Tal vez la más fuerte, la más parecida a su eco humano. Algo importante había muerto con la fragata, algo de su archivo. Extrajo recuerdos del contexto, los reconstruyó. Lo que se había perdido quizá le hubiera dado más poder, pero quizá fuera un veneno mortal. A fin de cuentas, este poder había vivido antes, había sido anulado. Tal vez la razón de ello fuera lo que se había perdido.

Duda. El neonato no debió dejarse engañar así. Y por meros humanos. El neonato, presa de un pánico convulsivo, se inspeccionó. Sí, había puntos ciegos, instalados cuidadosamente desde el principio y no por los humanos. Dos habían nacido aquí. Él mismo y el veneno, el motivo de su caída de antaño. El neonato se inspeccionó más que nunca, sabiendo qué buscar. Destruyendo, purificando, verificando, buscando copias del veneno, destruyendo una vez más.



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