Una mañana, nada más entrar en el despacho, llamó al doctor Lattes, el jefe de gabinete de la Jefatura Superior de Montelusa. Al cabo de media hora, éste hizo saber a Montalbano, a través de Catarella, que el jefe superior estaba dispuesto a recibirlo a las doce en punto del mediodía. Los hombres de la comisaría, que sabían cuál era el humor de su jefe cuando se encerraba en su despacho, comprendieron que el horno no estaba para bollos. Por eso, desde el despacho de Montalbano, la comisaría parecía desierta, no se oía el menor ruido. Catarella, que montaba guardia en la entrada, en cuanto veía aparecer a alguien abría enormemente los ojos, se acercaba el dedo índice a la nariz y le advertía:

– ¡Chist!

Y todos entraban en la comisaría con cara de ir a velar a un muerto.

Hacia las diez, Mimì Augello, tras haber llamado discretamente a la puerta con los nudillos y haber recibido permiso, se presentó ante su jefe. Montalbano, al verlo, se preocupó.

– ¿Cómo está Beba?

– Bien. ¿Puedo sentarme?

– Por supuesto.

– ¿Puedo fumar?

– Claro, pero que no te vea el ministro.

Augello encendió un cigarrillo, dio una calada y retuvo el humo un buen rato.

– Oye, puedes soltarlo -dijo Montalbano-. Te doy permiso.

Mimì lo miró perplejo.

– Esta mañana pareces un chino -continuó el comisario-. Pides permiso para todo. ¿Qué pasa? ¿Se te hace difícil decirme lo que me quieres decir?

– -reconoció Augello.

Apagó el cigarrillo, se removió en el asiento, respiró hondo y se lanzó:

– Salvo, tú sabes que yo siempre te he considerado mi padre…

– ¿Quién te ha contado a ti eso?

– ¿Qué?

– Eso de que soy tu padre. Si te lo ha dicho tu madre, te ha contado una trola. Sólo te llevo quince años y, por más precoz que haya sido, a los quince años no…



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