
– ¡Chist!
Y todos entraban en la comisaría con cara de ir a velar a un muerto.
Hacia las diez, Mimì Augello, tras haber llamado discretamente a la puerta con los nudillos y haber recibido permiso, se presentó ante su jefe. Montalbano, al verlo, se preocupó.
– ¿Cómo está Beba?
– Bien. ¿Puedo sentarme?
– Por supuesto.
– ¿Puedo fumar?
– Claro, pero que no te vea el ministro.
Augello encendió un cigarrillo, dio una calada y retuvo el humo un buen rato.
– Oye, puedes soltarlo -dijo Montalbano-. Te doy permiso.
Mimì lo miró perplejo.
– Esta mañana pareces un chino -continuó el comisario-. Pides permiso para todo. ¿Qué pasa? ¿Se te hace difícil decirme lo que me quieres decir?
– Sí -reconoció Augello.
Apagó el cigarrillo, se removió en el asiento, respiró hondo y se lanzó:
– Salvo, tú sabes que yo siempre te he considerado mi padre…
– ¿Quién te ha contado a ti eso?
– ¿Qué?
– Eso de que soy tu padre. Si te lo ha dicho tu madre, te ha contado una trola. Sólo te llevo quince años y, por más precoz que haya sido, a los quince años no…
