
Jenny había sido una roca para toda la familia. El tratamiento del cáncer era difícil y problemático, pero no había permitido que ni sus hijas ni su esposo cayeran en la desesperación. No podía imaginar que unos meses después, el hombre con quien había estado casada treinta años se marcharía con una mujer mucho más joven.
Había sido una experiencia muy traumática, incluso para la propia Alissa. Siempre había creído que su padre era un hombre honrado, pero a pesar de ser contable y de tener un buen sueldo, reclamó a Jenny su parte de la casa y de la tienda que llevaba su madre. Una actitud difícilmente excusable, porque la casa la había heredado ella de sus padres y la tienda la llevaba ella sola.
Ahora, sus padres no se hablaban y ellas estaban atrapadas entre dos fuegos.
– Devuelve el dinero -declaró con vehemencia-. No puedes casarte con un hombre al que ni siquiera conoces.
– No, claro que ya no puedo casarme con él. ¡Estoy embarazada de Harry! Y por si fuera poco, quiere que nos casemos antes de dos semanas.
Alissa no se llevó ninguna sorpresa con la declaración de su hermana. Alexa siempre hacía las cosas así, deprisa y corriendo: que se hubiera enamorado, se hubiera quedado embarazada y tuviera intención de casarse de inmediato entraba dentro de lo normal No tenía paciencia. Y si el sentido común se interponía entre sus objetivos y ella, lo desestimaba.
– Sólo hay una solución. Tienes que casarte con el ruso, Alissa: porque si no te casas, no tendré más remedio que abortar.
Alissa se levantó de la silla, espantada.
– ¿Pero qué estás diciendo? ¿Que yo me case con ese hombre? Eso no tiene ni pies ni cabeza… ¿Y qué es eso de abortar? ¿Es que no quieres tener el niño?
Alexa miró a su hermana con cierta exasperación.
– Por supuesto que quiero tenerlo -respondió-, pero no tengo elección… firmé un contrato legal y acepté una cantidad enorme de dinero. Me lo he gastado casi todo y ya no lo puedo devolver. ¿Qué quieres que haga?
