Alissa frunció el ceño.

– ¿De qué diablos me estás hablando, Alexa? ¿Qué trabajo es ése? ¿Qué has hecho? ¿De qué dinero hablas?

Alexa se sentó a la mesa de la cocina.

– Nunca pensé que lo conseguiría. Presenté la instancia por simple curiosidad… y bien pensado, ni siquiera se puede decir que sea un trabajo.

Alissa se sentó en la silla opuesta.

– Pues si no es un trabajo, ¿qué es? No me digas que has hecho algo… inmoral -declaró, asustada.

– Antes de que te conteste, piensa la importancia que tiene ese dinero para mamá. Era su única esperanza, la única solución.

– Dímelo de una vez -ordenó.

– Acepté casarme con un multimillonario ruso.

– ¿Cómo?¿Por qué pagaría un hombre por eso? Además, un multimillonario ruso no ofrecería el matrimonio a una don nadie.

– Ese tipo estableció todo como en un negocio, con un contrato, pago por adelantado y un acuerdo de divorcio tras la conclusión del servicio. Buscaba una inglesa atractiva con carrera, así que me ofrecí. Hasta estuve a punto de decirle a sus abogados que conmigo podían tener dos por el precio de una -bromeó.

A Alissa no le hizo ninguna gracia.

– Veamos si lo he entendido bien… has aceptado casarte con un hombre por dinero -afirmó.

– ¿Por dinero? No. Alissa, lo he hecho por mamá -puntualizó-. Si no fuera por ella, jamás lo habría aceptado.

Alissa, tensa, pensó en la explicación de su hermana. Todo lo que Alexa había hecho últimamente, desde dejar su trabajo de bibliotecaria en Londres hasta ir a casa para ayudar, lo había hecho por su madre, Jenny Barlett. Las dos la adoraban, pero había caído en una depresión profunda y sólo era una sombra de la mujer encantadora, atenta y enérgica del pasado.

Desgraciadamente, las buenas intenciones de las gemelas se habían visto frustradas durante dos años por una serie de acontecimientos desastrosos. Primero, la muerte de Stephen, su hermano, y del novio de Alexa, Peter, en un accidente de tráfico: después, cuando empezaban a superarlo a duras penas, el diagnóstico de cáncer de su padre.



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