A sus veintitrés años de edad, su estilo tampoco podía ser más diferente: Alexa llevaba el pelo por los hombros, con un corte desenfadado, y Alissa lo llevaba más largo y solía recogérselo en una coleta. Alexa llevaba ropa provocadora y moderna, que llamaba la atención de los hombres, y Alissa llevaba prendas conservadoras y se asustaba como un conejo ante los faros de un coche cuando algún hombre se fijaba en ella.

– ¿Dónde está mamá?

Alexa colgó su abrigo en el vestíbulo y se dirigió a la cocina.

– Está en la tienda -contestó Alissa-. Yo he venido esta tarde para poner la contabilidad al día… Por cierto, ¿has conseguido un trabajo en Londres?

Su hermana la miró con una sonrisa de satisfacción y se apoyó en la encimera.

– Por supuesto que sí. Ahora trabajo en un concesionario de coches de lujo y me llevo una comisión francamente interesante. ¿Qué tal está mamá?

Alissa apretó los labios.

– Tan bien como puede estar. Por lo menos, ya no la oigo llorar por las noches… -respondió.

– ¿Lo ha superado por fin? Ya era hora -afirmó Alexa.

Alissa suspiró.

– No creo que lo vaya a superar nunca; sobre todo mientras papá se dedique a pasear con su mujercita nueva por todo el pueblo -declaró-. Además, recuerda que todavía está ahogada en deudas y que va a tener que vender su casa.

Alexa le dedicó una amplia sonrisa.

– Ahora que mencionas lo de la casa, me estaba preguntando si querrías saber primero las buenas noticias o las malas… He pasado por el despacho del abogado para ofrecer un acuerdo sobre la casa -le informó.

– Pero…

– Prepárate para una sorpresa, Alissa. ¡Tengo el dinero para pagar al canalla de nuestro padre!

– No hables de papá en esos términos -protestó su hermana-. Aunque esté de acuerdo contigo, no está bien.



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