– ¿De utilidad? -repitió, levantando una de sus cejas, de un modo que la hizo enrojecer-. ¿De qué manera?

La expresión de su cara no había cambiado, pero se dio cuenta de que se divertía. Tal vez eran las arruguitas de los ojos que se habían acentuado un poco o un casi imperceptible brillo en su insondable mirada. Sin poderlo evitar Clare pensó que si le hacía gracia, por lo menos podía tener la decencia de sonreír como era debido.

– Podría ser su gobernanta -afirmó, levantando la barbilla, desafiante-. Soy perfectamente capaz de cocinar y limpiar.

Como única respuesta Gray le tomó las manos y le pasó los pulgares por las palmas.

– Me da la sensación de que no está acostumbrada a hacer trabajos duros.

Su roce era bastante impersonal y Clare se sintió desconcertada al notar un cosquilleo. Las manos de aquel hombre eran fuertes, frías, ásperas y muy oscuras en comparación a la palidez de su piel inglesa. Era como si tuviera los dedos cargados de electricidad y le enviara pequeñas descargas que le recorrían todo el brazo. Al darse cuenta de que se estaba poniendo roja, se apresuró a retirar las manos, furiosa.

– Encargarse de unas cuantas vacas no es nada comparado con cuidar de un bebé veinticuatro horas al día -le espetó, para ocultar su confusión-. Estoy acostumbrada a ensuciarme las manos.

– Pero no está acostumbrada al calor, el polvo, las moscas y el aburrimiento -le respondió Gray, aparentemente indiferente al modo brusco en que había retirado las manos-. No estoy seguro de que se de cuenta de lo duras que pueden ser las cosas por allí.

Sin saber muy bien qué hacer con las manos una vez había conseguido liberarlas, cruzó los brazos, en un gesto que la hizo parecer a la defensiva, sin pretenderlo.

– Soy más dura de lo que parezco -le dijo.

Gray no pareció impresionado.



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