– ¡Doce reales es un pedir! -dijo una de las muchachas, levantando una ristra de cebollas.

– ¡Los santos tienen memoria del coste de la ofrenda! -aseveró la vieja.

Habían llegado más mujeres con sus cestas de cebollas y jarrillos de barro blanco llenos de miel, y un pequeño mercado se hacía bajo los soportales de la plaza. El hombre del jubón azul, sin responder palabra a la oferta que le hacían, pasó por entre compradores y vendedores, y se dirigió hacia la fuente. Posó el bastón en el suelo, metió las manos en el agua del pilón y las llevó después al rostro. Por tres o cuatro veces lo hizo. Mantenía las palmas mojadas contra las soleadas mejillas durante unos instantes. Un mendigo se le acercaba, sonriéndole, mostrándole una jaula de mimbres pintados de verde y de rojo, dentro de la que volaba un mirlo. Desdentado, silbidos le salían al mendigo envainados en las palabras.

– ¡Canta de iglesia y de profano! ¡No hay otro! ¡Las mujeres empeñadas en ofrecerles cebollas a Cosme y Damián! ¡Ya que no hay músicos en la ciudad, llevémosles a los hermanos médicos un cantor! Te lo pongo a prueba en la taberna.

Sacó la gruesa lengua y se lamió los labios. Escupió un pelo de la barba intonsa, selvática y canosa, y volvió a sonreír, moviendo la jaula, ofreciéndosela, sostenida con las dos manos, al extranjero.

– ¿Porque tú eres extranjero, no? -preguntó el mendigo, serio de pronto, los vivos ojillos posados en los grandes ojos negros del hombre del jubón azul, el bastón de caña con puño de plata y la sortija de oro con la piedra violeta. Y a como tientas de ciego, o mejor como lamiendo con la mirada de aquellos ojillos que brillaban bajo las espesas y revueltas cejas, recorría el rostro del extranjero, o de lo que fuese, se fijaba en las ricas ropas, en la hebilla del cinturón que figuraba una serpiente que se anillaba en un ciervo, y en las finas manos, y en el puño de plata del bastón.



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