
– Si eres extranjero, tienes que ir al juez de forasteros, al que dirás tu nombre. Te pondrán un sello rojo en la palma de la mano derecha. Tendrás que declarar tus posibles. ¿ Qué moneda traes?
El extranjero, o lo que fuese, metió la mano derecha, mojada como la tenía, en un bolsillo interior del jubón, y sacó una moneda de oro. Se la mostró al mendigo, quien seguía ofreciendo la jaula, sostenida con las dos manos. Y fue entonces la sorpresa de que el mirlo, al ver el oro, se puso a silbar una marcha solemne, aprendida acaso de los pífanos de la ciudad, como de entrada de rey o de galera, una marcha que marcaba los graves pasos o el golpe unísono de los remos, y entre boga y boga, el trino subía como quien iza una bandera amarilla.
– ¡Esto es de profano! -exclamó el mendigo-. ¡Es la parte que llaman de «El león entra por puertas»! ¡Piripán, pan, pan, tiró, tiró, piripán¡ Estuvo prohibido muchos años, y se puso de moda cuando suprimieron la censura, y por eso la sabe mi mirlo. Los niños gritábamos en la plaza, escondiéndonos detrás de las columnas: «¡Que entra el león!», y decían que al oírnos, los reyes se escondían en una cámara secreta que tenían. Nunca se supo quién había inventado ese juego.
– ¿Qué es de los reyes? -preguntó el extranjero, si es que lo era, guardando la moneda de oro. Lo preguntó con voz amable pero distante, por simple curiosidad, como si nada le importase de los reyes de aquella ciudad, y solamente lo hiciese por cortesía hacia aquel mendigo peludo, sucio y harapiento.
