– ¡Hace diez años que no recibo un parte sobre este asunto! -comentó mientras guardaba el reloj. Y se sorprendió a sí mismo de haber hablado en voz alta.

Pero el asunto era el asunto. Se repantigó en el sillón, cruzó las manos tras la cabeza, y con la mirada fija en el papelillo doblado recordó todas sus intervenciones en aquel caso.

El oficial de forasteros tenía un tío en las postas reales, llamado señor Eustaquio, al cual correspondía el revisado de mojones de legua, que estaba ordenado que siempre tuviesen la numeración clara: «A Tebas, doce leguas». Y por amor de su oficio, y porque tenía fina letra de lápida a la manera antigua, él mismo pintaba los mojones, y añadía debajo del numeral una seña, poniendo aquí una liebre y allá una paloma, un lobo o un san Jorge, y así las leguas eran llamadas por los viajeros por estas señas, la legua de la liebre, la legua de la paloma, etc. Lo supo el rey Egisto y le gustó la cosa, y quiso conocer al tal señor Eustaquio, el cual era un hombre pequeñito y obsequioso, el pelo muy blanco, miope declarado, algo picado de viruelas y chato, siempre calzado con bota enteriza y excusándose por estar afónico, lo que le obligaba a chupar hojas de menta. Eustaquio hizo delante de Egisto una muestra de letras y señas en una pizarra, y el rey mandó que desde aquel punto y hora solamente el señor Eustaquio pondría el título en los papeles reales. Con lo cual Eustaquio pasó a ser el hombre de los secretos regios, y tuvo derecho a dormitorio con retrete en el palacio. Eusebio, el oficial de forasteros, recordaba las visitas del tío Eustaquio a su casa, que salían todos a la puerta a recibirlo, y su madre, la hermana de Eustaquio, quemaba papeles de olor y hervía vino con miel.



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