Eusebio tomó la costumbre de acompañar al señor Eustaquio, después de la visita, hasta la puerta de palacio, y el tío posaba la mano derecha sobre el hombro del sobrino durante todo el tiempo que duraba la caminata, y le agradecía con medio real la compañía. Un día el padre de Eusebio le dijo a éste que había llegado la hora de pedirle un empleo al tío Eustaquio.

– La prisa es, hijo mío, porque vas creciendo y tienes ya la talla del tío Eustaquio, y aunque todavía le gusta subir hasta palacio con la mano derecha apoyada en tu hombro, ya con tus medras no va cómodo. Como sigas creciendo así y no pueda llegar fácil a tu hombro con su mano, aborrecerá este paseo que ahora le parece de gracioso respeto, y te aborrecerá a ti también. ¡Estos pequeños cuidan muy mucho la presentación!

Se le pidió al señor Eustaquio el empleo para el sobrino Eusebio, y el hombre de palacio estudió en qué podría servirle el sobrino, y cayó en la cuenta de que en los lazos de cintas para atar los legajos, lo que sería novedad para el rey, llevarle cada mañana un legajo con lazo de pompón, otro con lazo de flor, y los de pena de muerte con el nudo catalino de la horca, que es de cuatro cabos, según la moda inglesa. Y así entró Eusebio en los consejos y archivos, después de pasar un mes en la casa de una modista de niñas difuntas aprendiendo lazadas, iniciando de este modo la carrera administrativa que había de llevarle a aquel sillón giratorio de Oficial del Registro Obligado de Forasteros.

De los lazos, que se los pasó en ocasión oportuna a su hermano Sirio, ascendió a lector de partes en la cámara regia, y por lo bien que pronunciaba los nombres extranjeros lo puso Egisto el primero en la sucesión para la Oficina de Forasteros. Y fue estando de lector cuando, por vez primera, tuvo noticia del asunto. Del asunto Orestes. Había leído el parte detallado de la navegación y arribo de una nave con pasas de Corinto y lana continental, y anunció el siguiente, según costumbre:



8 из 185