– No es tan sencillo -dijo Walt riéndose-. Se me había olvidado que nunca has trabajado en una película. No, cariño, no te quedarás ahí sentada y le irás dando a la manivela entre idas y venidas al colegio y visitas al veterinario.

Walt conocía a Tanya desde hacía quince años y sabía cómo era su vida. Siempre le había parecido extraordinario que llevara una vida tan normal y que se enorgulleciera de ser un ama de casa de Marin al mismo tiempo que escribía obras excelentes con una constancia sorprendente. Walt llevaba ganando dinero con ella todos esos años y siempre había sido así. Tenía una carrera modesta pero sólida y las críticas que recibía eran mejores que las de la mayoría. De ahí que Douglas Wayne hubiera preguntado por ella. Wayne había afirmado que la quería a cualquier precio, lo que resultaba increíble teniendo en cuenta que Tanya nunca había escrito un guión cinematográfico. Pero la calidad de su trabajo era de primera. Teniendo en cuenta su inexperiencia, era un extraordinario voto de confianza por parte del productor y Tanya se sentía enormemente halagada.

– Douglas Wayne ha dicho que quiere algo fresco, alguien que entienda el libro y que no lleve veinte años escribiendo para Hollywood.

Walt casi se había caído de la silla al recibir la llamada y a Tanya le estaba sucediendo algo parecido.

– Tendrás que vivir en Los Ángeles -continuó-. Probablemente podrás volver a casa los fines de semana, si no durante el rodaje, al menos durante la pre y la posproducción. Ofrecen pagarte la residencia durante todo el tiempo que estés allí: una casa, un apartamento o un bungalow en el hotel Beverly Hills. Con todos los gastos pagados, claro.

Cuando Walt le informó de la cantidad que le ofrecían por escribir el guión hubo un silencio sepulcral al otro lado del teléfono.

– ¿Estás bromeando? -preguntó Tanya con repentina desconfianza.



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