Tanya quería decir que sí, ¿y quién no? Sin embargo, no podía. Quizá al año siguiente, cuando las chicas ya estuvieran en la universidad, pero incluso entonces, no podía dejar a Peter y marcharse a Los Ángeles durante nueve meses solo porque le hubieran ofrecido un guión para una película. Estaban casados, ella le amaba, tenía responsabilidades para con él y compartían una vida. Además, las gemelas todavía pasarían otro año en casa. No podía abandonarlo todo y marcharse a Los Ángeles durante el último año escolar de sus hijas. Quizá un mes o dos si era necesario. Pero no nueve meses. Era inviable.

– No puedo hacerlo -dijo con voz queda, con las emociones a flor de piel y sincero pesar-. No puedo, Walt. Todavía tengo a las chicas en casa.

La voz casi se le quebró. Era mucho lo que estaba rechazando, pero Tanya sabía que debía hacerlo. No había elección, no para ella. Nunca había dejado de lado sus prioridades y sabía cuáles eran: Peter y los chicos.

– No son niñas -dijo Walt secamente-. Por el amor de Dios, son mayores. Jason se va a la universidad y Megan y Molly son ya mujeres hechas y derechas. Pueden cuidarse solas entre semana y tú irás a casa los fines de semana.

Walt parecía empeñado en no dejar que rechazara aquella oportunidad.

– ¿Puedes garantizarme que podré volver a casa cada fin de semana? -preguntó Tanya sabiendo que no podía.

Tal como funcionaban los rodajes, era imposible y Walt también lo sabía. Si contestaba que sí, estaría mintiendo. Tanya no veía ninguna solución. Las chicas la necesitaban entre semana. ¿Quién iba a cocinar para ellas, ayudarlas con los trabajos escolares, asegurarse de que hacían los deberes, de que cumplían con sus horarios, y cuidar de ellas cuando estuvieran enfermas? Por no hablar de los novios, los acontecimientos sociales, las solicitudes para la universidad, y el baile de fin de curso en primavera. Después de haber estado constantemente junto a sus hijos, ahora no podía perderse aquel último año tan importante.



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