
Tanya y Peter tenían tres hijos. Jason, de dieciocho años, se marcharía a la Universidad de Santa Bárbara a finales de agosto. El chico se moría de ganas, pero Tanya sabía que le echaría terriblemente de menos. Después venían las dos mellizas, Megan y Molly, que acababan de cumplir diecisiete años.
Tanya había disfrutado plenamente de cada uno de los últimos dieciocho años dedicándose por completo a su labor de madre. Para ella, habían sido unos años maravillosos. Nunca se le había hecho pesado ni aburrido. Las múltiples y tediosas idas y venidas en coche jamás le habían resultado insoportables. A diferencia de otras madres -que solían quejarse- Tanya adoraba estar con sus hijos, dejarles, recogerles, llevarles a Cub Scouts y a Brownies. Había sido la presidenta de la asociación de padres del colegio de los niños durante varios años. Se enorgullecía de hacer cosas por ellos; adoraba ver a Jason jugando en la liga infantil o en los partidos de baloncesto, o asistir a cualquier actividad que hicieran las mellizas. Jason había formado parte del equipo del instituto y su ilusión era ingresar en el equipo de baloncesto o de tenis en la Universidad de Santa Bárbara.
Sus dos hermanas pequeñas, Megan y Molly, a pesar de ser mellizas, eran tan diferentes como el día y la noche. Megan era menuda y rubia como su madre. Cuando tenía diez años, sus facultades como gimnasta parecían augurarle un futuro olímpico, pero abandonó la competición cuando se dio cuenta de que perjudicaba sus estudios. Molly era alta, delgada y tenía las piernas largas y el cabello castaño de Peter. Era el único miembro de la familia que nunca había participado en competiciones deportivas. Le gustaba la música, el arte, la fotografía y era voluble e independiente. Las mellizas, con diecisiete años cumplidos, iban a comenzar su último año escolar. Megan quería ir a la Universidad de Berkeley, como su madre, o quizá a la de Santa Bárbara.
