
– Los niños han salido -añadió.
Era verano y pasaban el mayor tiempo posible con sus amigos. Las mellizas habían ido a dormir a casa de una amiga, y Jason era un joven responsable, muy precavido conduciendo y que en raras ocasiones salía hasta muy tarde, así que Tanya se iba a la cama tranquila y no se molestaba en esperarle despierta. Además, siempre llevaba el móvil encima, así que estaba localizable permanentemente. Eran tres jóvenes sensatos y no habían dado grandes quebraderos a sus padres ni siquiera en los años de adolescencia.
Peter y Tanya se acurrucaron el uno junto al otro y, a los cinco minutos, ambos estaban dormidos. A la mañana siguiente, Peter se levantó antes que Tanya y, mientras él se duchaba, ella se lavó los dientes y bajó en camisón a la cocina a prepararle el desayuno. Antes, se asomó a la habitación de Jason y vio que dormía profundamente. Tardaría varias horas en despertarse. Cuando Peter bajó, vestido elegantemente con un traje gris de verano, camisa blanca y corbata oscura, Tanya ya había servido el desayuno. Al verle, Tanya supuso que aquel día le tocaba asistir a los tribunales, ya que normalmente solía llevar una camisa deportiva y pantalones informales de color caqui o, de haber sido viernes, unos vaqueros. Peter conservaba el mismo estilo pulcro, formal y algo pijo de su juventud. Formaban una bonita pareja.
Tanya sonrió a su marido y este se sentó a la mesa para disfrutar de un copioso desayuno compuesto de cereales, huevos escalfados, café, tostadas y fruta. A Peter le gustaba empezar el día con una buena comida y era Tanya quien siempre se levantaba temprano para preparársela. Tanto a él como a los chicos durante el curso escolar. Se enorgullecía de ocuparse de su familia y solía comentar que, por encima de su carrera como escritora, estaba su trabajo diario.
– Supongo que hoy tienes que ir a los tribunales -comentó mientras Peter echaba un vistazo al periódico y asentía.
