
– Una vista rápida. Tengo que pedir un aplazamiento para un caso menor. Y tú, ¿qué vas a hacer hoy? ¿Te apetecería que quedásemos para cenar en la ciudad? Ayer acabamos con casi todo el trabajo preparatorio.
– Estupendo.
Al menos una vez por semana, acostumbraban a ir a la ciudad a algún espectáculo, un ballet o un concierto, pero lo que más les gustaba era pasar una noche tranquila en alguno de sus restaurantes preferidos. También les gustaba ir los dos solos a pasar el fin de semana fuera de Marin. Con tres hijos y durante veinte años de matrimonio, habían mimado su relación para mantener vivo el romanticismo. Hasta la fecha, con éxito.
Mientras terminaba de desayunar, Peter levantó la vista y miró con detenimiento a Tanya. La conocía mejor de lo que se conocía ella misma.
– ¿Qué es lo que no me estás contando?
Como siempre, Tanya se sorprendió por la oportuna e infalible perspicacia de su marido; una perspicacia que llevaba todos aquellos años poniendo en práctica y que, sin embargo, aunque ya no la dejaba sin habla, seguía impresionándola. Siempre parecía saber lo que Tanya estaba pensando y ella no lograba entender cómo lo conseguía.
– Qué gracioso -dijo ella, admirada-. ¿Qué te hace pensar que te estoy ocultando algo?
– No lo sé, lo noto. Por el modo en el que me estabas mirando, como si tuvieras algo que decirme y no quisieras hacerlo. ¿Qué ocurre?
– Nada.
Los dos se echaron a reír. Tanya se había delatado. Solo era cuestión de tiempo. Y eso que se había prometido a sí misma no decírselo. Pero no podían tener secretos el uno con el otro. Tanya conocía a Peter tan bien como él a ella.
– Oh, mierda… No iba a contártelo -confesó.
Acto seguido, sirvió una segunda taza de café a su marido y una segunda taza de té para ella. Tanya apenas desayunaba. Le bastaba con un té y con picotear lo que los demás dejaban en sus platos.
