Por la calzada van y vienen, además de los soldados encargados de vigilar el orden, los vendedores ambulantes. Cierto es que no hay mucho que vender, pero en las últimas semanas algunos han acaparado alimentos que ahora pregonan mientras cargan sus grandes cestas o empujan los carritos olorosos: patatas asadas, sardinas fritas, bígaros cocidos y hasta erizos de mar crudos. Hace tiempo que no se ven ni se huelen tantas cosas ricas, y algunos palidecen ante el prodigio y se les hace la boca agua y hasta se les retuerce el estómago. Pero todo es poco para recibir a la santísima patrona. Por eso desde las aldeas vecinas han bajado también algunas mujeres con cestos de flores, calas blancas, hortensias azules, caléndulas amarillas y grandes rosas pálidas. Un tropel de señoras emperifolladas se las arrebata de las manos. En el cabello bien peinado, la finura de las mantillas, el lustre de la ropa y la carga ostentosa de joyas al cuello o en los brazos, se les nota de lejos que la guerra no ha perjudicado demasiado la economía de sus familias, sin duda sabiamente administrada por un padre o marido astuto. Algunas, a pesar de ser ya finales de junio, lucen incluso sus abrigos de pieles. Poco a poco, mientras avanzan las horas, la ropa se les pega bajo ellos al cuerpo, del sudor que causa la temperatura del día unida al calor de la muchedumbre apretujada y al de la excitada emoción de la espera. Pero se han prometido firmemente a sí mismas -y muchas hasta aseguran haber hecho el voto tres años atrás, el día en que la imagen fue trasladada lejos de allí- que la esperarán compuestas con sus mejores galas, haciendo así pública exhibición de poderío y, a la vez, de exaltada fidelidad a las ideas triunfadoras.

Esta mañana son ellas las más ruidosas, las más visibles. Se llaman a gritos, cruzan sin cesar de una



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