acera a otra para saludarse entre besos y lágrimas fáciles, se enseñan mutuamente ropas, joyas, escapularios e insignias, compran todo lo comprable a los vendedores ambulantes, se paran a hablar con las monjas -tan visibles como ellas, aunque mucho más silenciosas-, sonríen a los falangistas y a los militares, regañan a las pandillas de muchachos bulliciosos que corretean entre la multitud y miran con conmiseración a las mujeres mal vestidas y greñosas que, a veces, les responden con gestos de desprecio: De improviso, por hacer alarde de buen corazón, alguna de ellas compra pescado o patatas para un niño sucio y de ropa andrajosa, y el ejemplo cunde entre sus iguales, entregadas durante un rato a la caritativa tarea de alimentar a los pobres. Pero, alertados por el aviso de la fortuna, pronto son demasiados -y demasiado chillones- los que reclaman comida, dinero, ropa, lo que sea. Las señoras se asustan, y los soldados tienen que intervenir para alejar a los harapientos, que refunfuñan y hasta blasfeman en voz baja mientras se alejan. Desagradecidos, que son unos desagradecidos, se oye exclamar, aquí y allá, a las mujeres indignadas, respaldadas ya por los hombres -maridos, padres, hermanos, novios- que, abandonando pronto por un día las tareas laborales, las acompañan ahora en la espera.

Hacia las tres y media, desde los arrabales de la ciudad, allá por los cerros de la Huesera, empieza a correr el rumor: la comitiva se acerca al fin. Al cabo de unos minutos, las campanas de todas las iglesias de Castrollano tañen a la vez, con una infinitud de sonidos felices y exaltados que parecen reflejar en los aires el parloteo exaltado y feliz de la muchedumbre. Quienes se han apiñado junto a la Puerta del Valle, al lado del arco triunfal adornado de ramas y flores, son los primeros en divisarla. Precedida por el obispo y varios oficiales del ejército, acompañada de un gentío de canónigos y monaguillos que avanzan portando estandartes y cruces y esparciendo vaharadas de incienso, la Virgen de la Lluvia se bambolea en las alturas, por encima del tumulto, sobre sus andas doradas, bajo palio púrpura y húmedo.



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