
Solemne, brillante y empapada, la procesión recorre las calles bordeadas de penosas ruinas, casas agujereadas como puertas de infiernos, casas apuntaladas como viejas inválidas, casas vacías y frías y deshechas -descolgados los batientes, llenos de sucias cicatrices los muros, rotos los cristales- como los despojos de un mundo en descomposición. Al llegar a la playa, ocurre el prodigio tan esperado. Justo en el momento en que el arzobispo, con su alta mitra y su blanca capa pluvial bordada de oro, dobla la esquina de la calle del Sol, frente al balneario de Mediodía, el mar se apacigua. La marea alta y el temporal habían traído consigo un estallido de olas oscuras, que chocaban infatigables contra el muro del paseo, salpicando de espuma y agua las aceras y resonando ensordecedoras sobre las voces preocupadas de las gentes, que temían que la comitiva se viese obligada a variar el rumbo por no someter a tantas personalidades, además de a la propia Virgen, a la mojadura marítima. Pero ahora, de pronto, las olas se amansan, y vienen a lamer silenciosas y sumisas la estrecha lengua de arena, arrullando el paso del cortejo. La muchedumbre cae aquí de rodillas con énfasis mayor, admirando el suceso, y algunos hasta se atreven a gritar la palabra milagro, que salta sobre las cabezas y recorre pronto las calles del resto de la ciudad, aún recogidas en tensa devoción.
