A medida que se acerca a las calles empedradas del centro de la ciudad, el aguacero empieza a arreciar. Algunos abren paraguas o extienden sobre sus cabezas las mantas nocturnas o los abrigos, pero nadie se mueve de su sitio más que para arrodillarse al paso de la imagen, como empujados todos por una fuerza sobrenatural que silencia al tempo el griterío, convertido de pronto en un único y espectral susurro de rezos, suspiros y sollozos. Hasta los niños callan, impresionados por la devoción de la multitud, y contemplan boquiabiertos el desfile -a paso algo más ligero de lo previsto, a causa de la lluvia- de casullas y uniformes, armas y cruces.

Solemne, brillante y empapada, la procesión recorre las calles bordeadas de penosas ruinas, casas agujereadas como puertas de infiernos, casas apuntaladas como viejas inválidas, casas vacías y frías y deshechas -descolgados los batientes, llenos de sucias cicatrices los muros, rotos los cristales- como los despojos de un mundo en descomposición. Al llegar a la playa, ocurre el prodigio tan esperado. Justo en el momento en que el arzobispo, con su alta mitra y su blanca capa pluvial bordada de oro, dobla la esquina de la calle del Sol, frente al balneario de Mediodía, el mar se apacigua. La marea alta y el temporal habían traído consigo un estallido de olas oscuras, que chocaban infatigables contra el muro del paseo, salpicando de espuma y agua las aceras y resonando ensordecedoras sobre las voces preocupadas de las gentes, que temían que la comitiva se viese obligada a variar el rumbo por no someter a tantas personalidades, además de a la propia Virgen, a la mojadura marítima. Pero ahora, de pronto, las olas se amansan, y vienen a lamer silenciosas y sumisas la estrecha lengua de arena, arrullando el paso del cortejo. La muchedumbre cae aquí de rodillas con énfasis mayor, admirando el suceso, y algunos hasta se atreven a gritar la palabra milagro, que salta sobre las cabezas y recorre pronto las calles del resto de la ciudad, aún recogidas en tensa devoción.



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