Al fin, la Virgen y sus andas y todos sus acompañantes desaparecen al extremo del paseo por la gran puerta de la iglesia de San Pedro. Entonces, como si una orden celestial las impulsara, un tropel de voces empieza a entonar el himno de la Madre de la Lluvia, Viirgen santa y puura, bendiice esta tierraa que quiere seer tuuya… Suenan las notas al tiempo, desde puntos diversos de la plaza, pero no logran ponerse de acuerdo en el tono, y al cabo, Castrollano entero estalla en un estruendo de inarmonías y desafinamientos, que hace chillar enloquecidas a las gaviotas, maullar a los gatos, llorar a los niños pequeños y llega a arredrar a las mismísimas campanas, enmudecidas de pronto.

Y es en ese momento, en el preciso instante en que la comitiva entra por la puerta de la iglesia y el gentío arranca a cantar, cuando el tren donde viajan las mujeres de la familia Vega se detiene en la estación. Ninguna se ha levantado aún del asiento, salvo Merceditas, que apenas alguien anunció la cercanía de Castrollano, al adivinar a lo lejos la alta silueta del Redentor sobre la torre de la Iglesia Vieja, se abalanzó hacia la ventanilla y forcejeó con ella hasta que logró abrirla, sin asustarse de los hollines ni de la lluvia, que pronto formó un charco sobre el suelo, salpicado de manchas oscuras. Ninguna le dijo nada, sin embargo, como si el cansancio y la emoción las hubieran dejado mudas y olvidadas de la disciplina. Sólo Letrita reaccionó al cabo de un rato, cuando desde un asiento vecino se oyó protestar. Entonces obligó a la niña a cerrar la ventanilla y sentarse, aunque al momento volvió a descuidar sus propias normas y le permitió hablar en voz muy alta, casi a gritos, mientras agitaba las piernas en el aire, pateando de paso a la tía María Luisa, sentada frente a ella:



6 из 149