
– ¡Ya estamos, ya estamos…! Abuela, ¿te acuerdas de ese bosque y de la aldea? ¿Te acuerdas de todo?
Letrita ni siquiera contestó.
Se limitó a sacudir la cabeza afirmando, pero mantuvo fija la vista al frente, lejos del paisaje que no quiere volver a mirar por miedo a encontrarse con una tierra que acaso ya no es su tierra, con el espectro de una Letrita que quizá no sea ya ella misma, aquella que se quedó allí casi dos años atrás, entre las paredes de la casa acribillada a balazos, junto al marido muerto en vida. No quiere mirar el paisaje, que va desfilando sin embargo en su cabeza al ritmo lento y machacón del tren, los caseríos blancos de Cigual con las matas de hortensias en flor y las higueras reventándose ya de higos verdes, los prados suaves en los que pastaban las vacas y una burra negra amamantaba a su cría a la sombra de un fresno, la ermita de la Santa Cruz sobre la colina y el gran tejo que goteaba la lluvia al camino embarrado, las primeras casas de la ciudad, sucias y llenas de niños que se asomaban a los ventanucos para decir adiós al tren y allá, al fondo, la gran mancha oscura del mar, el olor del mar y el sonido del mar… No quiere mirar porque está segura de que si mira sólo verá el vacío, la ausencia del marido muerto, la ausencia del hijo muerto, los agujeros de todos los muertos y los desaparecidos y los presos, los agujeros del silencio que habrán de guardar de ahora en adelante y del hambre que ya están pasando, el vacío de las casas bombardeadas, de los niños destrozados, de las vacas sacrificadas, de los árboles talados, de la gran mancha oscura del mar.
Letrita pestañea deprisa y aprieta el cuello gastado del abrigo contra la piel. Las demás la observan calladas, y Feda, sentada a su lado, le pone un momento la mano sobre la manga, aunque la retira enseguida, temiendo dejarse llevar por la emoción y romper a llorar, como de costumbre, desbaratando así todos los secretos planes de firmeza.
