
Hasta el momento se está portando bien. Hace ya tres días que han salido de Noguera, después de despedirse de la tumba del padre, dejando sobre ella un puñado de ramas del almendro y los naranjos de la casa. Tres días de trenes, asientos duros como piedras, noches de duermevela, lavados de gato en las fuentes de las estaciones, bocadillos compartidos en las cantinas sucias y una taza de manzanilla después, para entonar los cuerpos desmadejados. Tres días de cruzar campos asolados y tristes, ciudades que parecen sostenerse en pie por la milagrosa acción de alguna fuerza contraria a la gravedad, poblachones de muros desparramados como lava de volcanes -temblorosas las torres heridas de las iglesias, de las que huyeron hace tiempo las cigüeñas en busca de otros nidos silenciosos- y cementerios grandes y solitarios que parecen albergar a todos los muertos del mundo. Tres días de sol seco, azuzado, de insoportable luz puntiaguda, igual que si un millón de alfileres viniesen a clavarse sobre las cosas destrozadas, haciéndoles sangre, y de amaneceres fríos en los que hubo que echarse encima varias capas de ropa y apretarse las unas contra las otras sobre los incómodos asientos de tantos vagones de tercera. Tres días en los que no ha llorado ni una lágrima. Bueno, un poco sí, pero sólo un poco, y a escondidas además de las otras, que la vigilan cuando sale de los retretes, respirando hondo y fingiendo sonreír. Así que, después de tanto esfuerzo, no va ahora a rendirse y ponerse a sollozar, a pesar de las ganas que le han entrado al sentir el olor del mar que ya llega por las ventanillas, más fuerte incluso que el de los humos de la máquina. A Simón le saben los labios así, a mar, a sal y a yodo, y a lluvia y a montaña y a río y a sexo y a luz y a mañana de verano y a café con leche. A Simón le saben los labios a todo lo bueno de la vida.