– ¿Y cómo quieres que me las arregle con esto? -exclamó alzando su brazo cortado.

Lucio retuvo a Adamsberg con su mano poderosa, proyectando hacia delante su barbilla prognática; digna de un Velázquez, según el comandante Danglard. El viejo no tenía ya la vista como para afeitarse correctamente, y había pelos que se salvaban de su cuchilla. Blancos y duros, enhiestos aquí y allí, eran como una guirnalda navideña de espinas plateadas que brillaran un poquito al sol. A veces, Lucio se pinzaba un pelo con los dedos, lo sujetaba resueltamente entre las uñas, y tiraba de él como quien se arranca una garrapata. No lo soltaba hasta que lo hubiera conseguido, conforme a la filosofía de la picadura de araña.

– Tú te vienes.

– Déjame en paz, Lucio.

– No tienes más remedio, hombre -dijo Lucio sombrío-. Se te cruza en el camino, tienes que aceptarlo. O te picará toda la vida. Sólo son diez minutos.

– También el tren se me cruza en el camino.

– Pero cruza más tarde.

Adamsberg soltó la maleta, rezongó impotente mientras seguía a Lucio hacia el cobertizo. Una cabecita viscosa y empapada de sangre emergía entre las patas del animal. Bajo las directrices del viejo español, la sujetó con suavidad mientras Lucio presionaba el vientre con gesto profesional. La gata maullaba terriblemente.

– ¡Tira mejor, hombre! ¡Agárralo por debajo de las patas y tira! Vamos, con firmeza y suavidad, sin apretar la cabeza. Con la otra mano, rasca la frente a la madre, que está asustada.

– Lucio, cuando rasco la frente a alguien, se duerme.

– ¡Joder! ¡Vamos, tira!

Seis minutos después, Adamsberg dejaba dos ratitas rojas y gimoteantes junto a las otras dos, sobre una vieja manta. Lucio cortó los cordones y las llevó una a una a las mamas. Lanzaba a la madre una mirada inquieta.

– ¿Qué es eso de la mano? ¿Cómo duermes a la gente?

Adamsberg sacudió la cabeza, ignorante.



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