
– No lo sé. Cuando pongo a alguien la mano en la cabeza, se duerme. Eso es todo.
– ¿Es lo que le haces a tu crío?
– Sí. A veces, la gente también se queda dormida cuando hablo. He llegado a dormir incluso a sospechosos durante el interrogatorio.
– ¡Pues házselo a la madre! ¡Apúrate, duérmela!
– ¡Pero bueno, Lucio! ¿No quieres enterarte de que tengo un tren que tomar?
– Hay que calmar a la madre.
A Adamsberg le importaba un carajo la gata, pero no la mirada negra del viejo fija en él. Acarició la cabeza -increíblemente suave- de la gata, porque era verdad: no le quedaba más remedio. Los jadeos del animal fueron apaciguándose mientras los dedos de Adamsberg rodaban como canicas desde el morro hasta las orejas. Lucio ladeó la cabeza, con aire experto.
– Hombre, ya se ha dormido.
Adamsberg alzó lentamente su mano, se la limpió en la hierba húmeda y se alejó caminando hacia atrás.
Mientras avanzaba en la Estación del Norte, sentía las sustancias secándose y endureciéndose entre los dedos y bajo las uñas. Llevaba veinte minutos de retraso. Danglard se dirigía hacia él apretando el paso. Siempre daba la impresión de que las piernas de Danglard, mal hechas, iban a descoyuntarse de rodillas abajo cuando trataba de correr. Adamsberg levantó una mano para interrumpir su carrera y los reproches.
– Ya lo sé. Se me ha cruzado una cosa en el camino, y he tenido que aceptarla, so pena de rascarme toda la vida.
Danglard estaba tan acostumbrado a las frases incomprensibles de Adamsberg que rara vez se molestaba en hacer preguntas. Como tantos otros de la Brigada, desistía, sabiendo separar lo interesante de lo inútil. Sin aliento, señaló el puesto de registro, dio media vuelta y se fue. Mientras lo seguía sin acelerar, Adamsberg intentaba recordar el color de la gata. ¿Blanca con manchas grises? ¿Con manchas rojizas?
