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– En su país también pasan cosas raras -dijo en inglés el superintendente Rastock a sus colegas de París.
– ¿Qué dice? -preguntó Adamsberg.
– Que en nuestro país también pasan cosas raras -tradujo Danglard.
– Es verdad -dijo Adamsberg sin interesarse por la conversación.
Lo que le importaba de momento era andar. Era Londres en junio y era de noche, quería andar. Esos dos días de coloquio empezaban a agotar sus nervios. Quedarse sentado durante horas era una de las pocas pruebas capaces de romper su flema, de hacerle experimentar ese extraño estado que los demás llamaban «impaciencia» o «febrilidad» y que normalmente le resultaba inaccesible. El día anterior había conseguido escaparse tres veces, había dado una vuelta chapucera por el barrio, había memorizado las alineaciones de fachadas de ladrillo, las perspectivas de columnas blancas, las farolas en negro y oro, había dado unos pasos por una callejuela que se llamaba St Johns Mews, y dios sabe cómo podía pronunciarse algo como «Mews». Allí un grupo de gaviotas había alzado el vuelo gritando en inglés. Pero sus ausencias habían llamado la atención. Hoy había tenido que aguantar en su asiento, reacio a los discursos de sus colegas, incapaz de seguir el ritmo rápido del intérprete. El hall estaba saturado de policías, de maderos que desplegaban grandes cantidades de ingenio para estrechar las mallas de la red destinada a «armonizar el flujo migratorio», a rodear Europa con una infranqueable verja. Siempre había preferido lo fluido a lo sólido, lo flexible a lo estático, por lo que Adamsberg se amoldaba naturalmente a los movimientos de ese «flujo» y buscaba con él las maneras de desbordar las fortificaciones que iban perfeccionándose ante sus ojos.
El colega de New Scotland Yard, Radstock, parecía muy experto en redes, pero no tan obnubilado por la cuestión de su rendimiento. Iba a jubilarse al cabo de menos de un año, con la idea muy británica de ir a pescar cosas en un lago allá arriba, según Danglard, que comprendía todo y lo traducía todo, incluido lo que Adamsberg no tenía deseos de saber.
