– ¡Tonterías! Saca a relucir todo tu encanto y te la ganarás.

Hope Rinucci estaba convencida de que sus hijos eran encantadores y que ninguna mujer se les resistía. Luke pensaba que tal vez sus hermanos menores lo fueran. En cuanto a él, era un hombre alto, de constitución atlética y facciones regulares, aunque sonreía poco y su expresión era autoritaria.

Con Olympia había sido diferente. Bajo su influencia, hasta había llegado a ser encantador. Aunque dudaba que volviera a sucederle una segunda vez.

Cuando cortó la comunicación, volvió a sentir aquel extraño desasosiego y optó por refugiarse en el trabajo. Así que se puso a examinar la carpeta que contenía los detalles de su nueva propiedad no deseada.

Se llamaba Residenza Gallini. Era una finca de cinco plantas que ocupaba los cuatro lados de un patio interior. La signora Manfredi había abierto las hostilidades a través de una carta razonablemente comedida en la que se interesaba por saber cuándo iría a Roma a fin de dar comienzo a las obras indispensables para mejorar las condiciones deplorables en que vivían sus clientes. Luke respondió que iría cuando fuera oportuno y, con toda delicadeza, aventuró que tal vez se exageraban las malas condiciones del inmueble.

Al parecer, ella hizo caso omiso de su delicadeza y lo bombardeó con una lista de reparaciones imprescindibles y su correspondiente presupuesto cuya suma final dejó a Luke muy impresionado.

Luego pensó que los autores del presupuesto tal vez fueran amigos o parientes de la letrada y se sintió ofendido por el modo en que ella pensaba que podía someterlo a su voluntad.

Volvió a asegurarle que iría a Roma cuando lo considerara oportuno. Y así había continuado la correspondencia, cada cual más contenido que el otro a medida que aumentaba su propia irritación.

Luke se la imaginaba como una cincuentona hecha de granito que gobernaba el mundo con inflexible eficacia. Hasta su nombre era alarmante. Minerva era la diosa de la sabiduría, famosa por su brillante intelecto, aunque también por llevar armadura y empuñar una lanza.



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