
Iría a Roma y se comportaría como un propietario responsable, aunque no aceptaría órdenes de nadie.
De pronto, Luke se sintió oprimido en aquella lujosa estancia. Así que dejó a un lado la carpeta, sacó dinero del billetero y lo puso en el bolsillo trasero del pantalón junto con la tarjeta de plástico que hacía de llave de la habitación. Luego guardó el billetero en la caja fuerte empotrada en la pared y bajó a la calle.
La noche era cálida y Luke se sintió a gusto en mangas de camisa. Entonces hizo parar un taxi.
– Déjeme aquí -pidió cuando llegaron al puente Garibaldi, sobre el Tíber.
Se encontraba en el Trastevere, la parte más antigua y pintoresca de la ciudad. Las estrechas calles del barrio, llenas de bares y restaurantes, estaban muy animadas a esa hora. Por todas partes se oían canciones y risas y Luke disfrutó el apetitoso aroma a comida que invadía el ambiente.
Más tarde entró en un bar y luego en otro, donde bebió un vino exquisito. Tres bares más tarde, empezó a sentir que la vida era buena. Después se detuvo en una callejuela y se quedó arrobado contemplando la luna llena. Minutos después, volvió a mirar la calle y en ese instante cayó en la cuenta de que no tenía idea de dónde se encontraba.
– ¿Buscas algo?
Luke giró la cabeza y vio a un joven sentado en una terraza. Su rostro era expresivo, con unos animados ojos oscuros. Al sonreír dejó al descubierto una blanca y brillante dentadura.
– ¡Ciao! -dijo Luke al ver que el joven alzaba su copa en señal de saludo-. Acabo de darme cuenta de que me he perdido -añadió al tiempo que se sentaba a la mesa junto al chico.
– ¿Eres nuevo por aquí?
– Acabo de aterrizar en Roma.
– Bueno, ahora que te has aventurado por este barrio, debes quedarte. Bonito lugar, gente agradable.
