
Luke hizo una seña a un camarero. Muy pronto apareció con una botella de vino y dos vasos limpios, recibió el dinero que el recién llegado le tendía y se marchó.
– Tal vez no debí haberlo hecho -dijo Luke, con un repentino sentimiento de culpa-. Me parece que ya has bebido demasiado.
– Si el vino es bueno, nunca es suficiente -replicó el joven al tiempo que llenaba los vasos. Muy pronto habré bebido demasiado y todavía no será suficiente. Soy un hombre muy juicioso, o al menos lo parezco.
– Sí -convino tras saborear el vino-. A propósito, me llamo Luke.
– ¿Luke? ¿Lucio?
– Bueno, Lucio si lo prefieres.
– Yo soy Charlie.
– ¿Un italiano que se llama Charlie? Querrás decir Carlo.
– No, Charlie. Diminutivo de Carlomagno. No se lo digo a todo el mundo, sólo a mis buenos amigos.
– Entonces cuéntale a este buen amigo por qué te pusieron Carlomagno.
– Porque soy descendiente del Emperador, desde luego.
– Pero él vivió hace doce siglos. ¿Cómo puedes estar tan seguro?
– Porque mi madre me lo dijo.
– ¿Y tú crees todo lo que tu madre te dice?
– Es mejor creerla, porque de lo contrario puedes lamentarlo.
– Comprendo, mi madre también es así -replicó Luke, con una mueca divertida al tiempo que hacían chocar las copas.
– Bebo para olvidar -comentó Charlie mientras volvía a llenar la suya.
– ¿Olvidar qué?
– Lo que sea. ¿A quién le importa? ¿Por qué bebes tú?
– Porque necesito ánimos para enfrentarme a un dragón. De lo contrario, ella me comerá.
– Ah, es un dragón femenino. Son los peores. Pero la matarás.
– Creo que esa dama no se intimida tan fácilmente.
– Limítate a decirle que no vas a tolerar tonterías. Es el único modo de tratar con las mujeres.
Tras visitar otros dos bares, llegó la hora de volver a casa.
En ese mismo momento, oyeron un grito en la próxima calle acompañado del llanto de un niño y el chillido de un animal. De pronto, un grupo de jóvenes emergió desde las sombras dando traspiés. El cabecilla llevaba un perrito que luchaba por escapar. Con ellos iba un chico de unos doce años que intentaba rescatar al cachorro, pero el patán lo lanzó a uno de sus compinches.
