– ¡Mami! -su hija mayor, obedeciendo las órdenes de que no se subiera al muro, estaba en la rama de un árbol igualmente viejo.

Debería haberse enfadado, pero la aparición de su hija le devolvió la dignidad perdida. Era una mujer respetable, era madre. Una madre viuda, además. ¿Qué podía haber más respetable que eso?

Giró la cabeza, dispuesta a enfrentarse a su propia vergüenza y se encontró ante el tipo de hombre que debería llevar una advertencia de «perjudicial para la salud» no solo en la espalda, sino en el torso, en los brazos y en aquellos hombros anchos y fuertes.

Eso, sin decir nada de su rostro moreno, sus ojos azules y ese tipo de pelo lleno de mechas que siempre le había provocado un temblor en las rodillas. Por eso se había casado a los dieciocho y había sido madre a los diecinueve, y se había dedicado a hacer puré de verduras para Clover, en lugar de aprender a cultivarlas en la universidad local.

Era evidente que aquel delicioso hombre no tenía una advertencia de lo perjudicial que era para la salud ni en sus extremidades ni en ninguna otra parte de su cuerpo, pues, con la excepción de un impresionante bronceado, unos bermudas, unos calcetines y unas botas, no llevaba nada más puesto. Y no le cabía duda de que los pies y los tobillos debían hacer juego con el resto, y que pertenecían a la variedad de «irresistibles». Igual que su sonrisa.

– ¿Era esto lo que estaba buscando?

– ¿Buscando? Oh, buscando… -Stacey, con un gran esfuerzo, levantó la mirada de la cesta de fresas que llevaba en las manos y trató de controlar sus rodillas-. Esto… sí.

– Estaba en uno de los invernaderos y entró por el techo -levantó la pelota sobre un dedo, mientras la hacía girar y la volvió a sujetar con la palma de la mano-. Menuda patada -miró la distancia entre el muro y el tejado de cristal roto-. Muy fuerte para una niña -sonrió a Clover que estaba todavía en el árbol-. ¿Tú padre es un jugador profesional?



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