
Continuó por el camino bordeado por grandes plantas, buscando la pelota. Se estaba preguntando qué tan lejos se habría ido, cuando vio algo rojo entre unos arbustos enormes. Grande, rojo y apetitoso.
Nash salió del invernadero y miró de un lado a otro. Nada. No había nadie. En ese momento, al otro lado del jardín, vio a alguien mirando por encima del muro. Era una niña. Su rabia se esfumó con ella. No lo había hecho con mala intención. Había sido un accidente. El lugar estaba en estado de ruina y no podía hacerle mucho más daño. Comenzó a caminar hacia el muro, con intención de devolver la pelota.
Estaba a mitad de camino, cuando vio que otra chica, mucho mayor, aparecía. Llevaba unos pantalones cortos anchos, por lo que podía verle con cierto detalle las piernas. No era ninguna niña, pues rellenaba la camiseta con atributos nada infantiles. Él sonrió al ver que saltaba sobre las flores, mientras el sol le iluminaba el cabello castaño. Algunos mechones se habían escapado del prendedor con que se sujetaba el pelo.
Estaba demasiado ocupada buscando de un lado y otro como para notar que él estaba allí. Se detenía ocasionalmente a mirar alguna flor, pero no las cortaba, simplemente las observaba, tocaba los pétalos de las alegres margaritas, de las relucientes amapolas, como si les dijera hola.
Definitivamente, no era una gamberra.
De pronto, se detuvo junto a la peonía y el sol iluminó su rostro. Las comisuras de sus labios dibujaron una sonrisa complacida, que luego se transformó en un gesto de tristeza. No era una chica, sino una mujer.
Él dio un paso y abrió la boca para llamarla, pero ella se volvió de repente. Entonces supo que había visto las fresas.
«Sería un desperdicio dejarlas ahí para que se las comieran los bichos», pensó Stacey. Las desagradables criaturas ya campaban por sus respetos en el jardín a pesar de todos sus intentos, siempre muy ecológicos, por deshacerse de ellas.
