
– Por supuesto que no, jovencita. ¿Por qué iba a saberlo?
– ¿Recuerda ese horrible accidente que hubo hace seis meses? -preguntó Angela-. Un camión se saltó la barrera y cayó sobre un coche. Los adultos murieron en el acto, pero hubo un niño que se quedó atrapado durante horas.
– ¿Ese era Sam? -preguntó la mujer horrorizada.
– Sí. Y es el sobrino de Molly.
– Oh, no.
– Y ahora hemos perdido su rana.
Hubo un tenso silencio. Las tres mujeres de la limpieza y Sophia, se miraron, y todas comenzaron a buscar.
Trevor Farr estaba cada vez más nervioso.
Al principio, estaba encantado. No podía creer la suerte que tenía. Hannah Copeland lo había llamado por la mañana y sus palabras lo habían dejado de piedra.
– He oído que Jackson Baird está pensando en comprar un terreno en la costa. Hay muy pocas personas a las que les vendería Birranginbil, pero Jackson podría ser una de ellas. Mi padre solía tratar con tu abuelo, o eso creo, así que quizá podrías llamar al señor Baird de mi parte y, si está interesado, le venderé la finca. Esto es, si te interesa la comisión.
¿Si le interesaba la comisión? Birranginbil… «una venta como esa me solucionaría la vida», pensó Trevor, y sin dudarlo, llamó al abogado de Jackson. Aún no podía creer que Jackson Baird estuviera en su despacho. Iba vestido con un elegante traje italiano, y con una mirada fría y calculadora esperaba pacientemente a que le dieran todos los detalles.
El único problema era que Trevor no podía darle ningún detalle.
Así que hizo todo lo que pudo para ganar tiempo.
– El terreno está en la costa, a doscientas millas al sur de Sidney -le dijo a Jackson y a su abogado-. Hoy es viernes. El fin de semana estoy ocupado, pero, si quieren, podemos ir a verlo el lunes.
– Pensé que al menos tendría algunas fotografías -el abogado de Jackson parecía contrariado. Igual que a Trevor, a Roger Francis lo había pillado desprevenido, el abogado tenía motivos para estar descontento.
