El hablaba de un terreno en Blue Mountain y quería que Jackson fuera a verlo, por supuesto, porque sería él quien se embolsaría la comisión. Por desgracia, su secretaria había contestado la llamada sobre el terreno de Copeland y había llamado a Jackson sin consultárselo primero. ¡Estúpida mujer! El abogado estaba de muy mal humor y las tácticas que empleaba Trevor no eran de gran ayuda.

– Llámenos cuando tenga los detalles -dijo el abogado-. Si hubiéramos sabido que tenía tan poca información no habríamos venido tan lejos. Está haciendo que el señor Baird pierda su precioso tiempo.

Cuando se calló, miró al suelo y vio una cosa verde que saltaba.

Era una pequeña rana, un símbolo de la naturaleza. Pero el abogado sabía qué era lo que tenía que hacer cuando la naturaleza trataba de introducirse en la civilización.

Levantó el pie.

– ¿Crees que podría haberse metido en el despacho de Trevor cuando abrieron la puerta? -Preguntó Molly, mirando detrás del archivador-. ¿Dónde puede estar si no?

– Supongo que sí podría haber entrado -dijo Angela-. Quiero decir… todas estábamos mirando a Jackson.

– Iré a mirar -dijo Molly poniéndose en pie.

– Trevor te matará si lo interrumpes ahora, Molly. Jackson Baird está en su despacho.

– Me da igual que la Reina de Saba esté en su despacho. Voy a entrar -Molly acercó la cara al cristal de la puerta del despacho de Trevor. Y lo que vio la hizo moverse más rápido de lo que se había movido nunca.

Jackson estaba sentado entre un abogado furioso y un agente inmobiliario confuso cuando, de pronto, vio una mancha verde sobre la moqueta beige y que su abogado levantaba el pie para aplastarla, justo cuando una mujer entraba por la puerta y se lanzaba al suelo.

El ahogado bajó el pie con fuerza, pero no pisó una rana, sino un par de manos de mujer que protegían al animalito.



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