– ¡Molly!

– ¿Qué diablos…?

– ¿La tienes?

– La ha pisado. Ha pisado la rana de Sam. ¡Es un bruto! -Sophia Cincotta fue la primera en entrar después de Molly, y al ver lo que había pasado, levantó su bolso para golpear a Roger Francis-. ¡Asesino!

Ángela entró después, mirando horrorizada. Molly estaba tumbada sobre la moqueta, sujetando a Lionel como si su vida dependiera de ello.

– Molly… tu mano. Estás sangrando.

– ¡Le ha roto los dedos! -Sophia golpeó de nuevo al abogado y este se apresuró para colocarse al otro lado del escritorio de Trevor.

– ¿Y Lionel está bien? -preguntó Angela.

– La ha aplastado -contestó Sophia-. Claro que no está bien. ¿No has visto cómo este bruto la pisoteaba?

– Creía que esos animales estaban protegidos -dijo una de las mujeres de la limpieza.

– No es más que un sapo, estúpida -contestó otra persona-. Se supone que hay que matarlos.

– No en mi moqueta -dijo Trevor enfadado-. ¿Es una rana? ¿Una rana? Molly, ¿la has traído tú?

– Claro que la he traído yo -contestó Molly, mirando entre los dedos sangrantes de su mano-. Y no es un sapo. Oh, cielos, parece que se ha roto un anca… Parece que tiene un anca rota.

– Tus dedos también parecen rotos -contestó Angela se arrodilló junto a ella. Después miró a Roger Franis-. El es el sapo.

– Qué falta de profesionalidad… -dijo Roger-. Señor Baird, le sugiero que busquemos un terreno en otro lugar.

Trevor trató de mantener la compostura y se colocó entre Molly y Jackson. Podía imaginarse una comisión de miles de dólares evaporándose.

– Señor Baird, no sabe lo mucho que lo siento. Normalmente, esta es una de las mejores agencias -miró a Molly-. Mi padre me convenció de que contratara a mi prima porque le daba pena. Pero si va a ofender a mis mejores clientes… Molly, levántate. Puedes pasar a recoger tu indemnización y marcharte.

Pero Molly no estaba escuchando. Seguía mirando a la rana que tenía un anca colgando de manera extraña. Debe de estar rota», pensó, y supuso que no tenía remedio.



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