– ¿Cómo que no? ¿Qué te apuestas? -lo retó Daphne sabiendo que, en realidad, no tenía nada que hacer.

– Nos apostamos lo que tú quieras -sonrió Murat-. ¿Qué estás dispuesta a darme cuando gane?

Daphne intentó lanzarse sobre él, pero uno de los guardias le retorció el brazo impidiéndoselo y Daphne decidió que era mejor estarse quieta si no quería que le hicieran daño.

Murat salió de la estancia y, al cabo de unos segundos, uno de los guardias recibió instrucciones a través del auricular que tenía colocado en la oreja.

– ¿Qué? ¿El principito ya os ha dicho qué hacer conmigo? -se indignó Daphne.

Los guardias la llevaron a unos ascensores y, aunque eran muchos, se metieron todos con ella en la cabina y dieron al botón del sótano.

Daphne tragó saliva.

¿Seguiría habiendo mazmorras en aquel palacio?

Al llegar a su destino, el ascensor se paró. Mientras avanzaban por un largo pasillo, Daphne se dio cuenta de adonde la llevaban. Aquello era mucho peor que las mazmorras.

– No quiero ir ahí -protestó.

– Por favor, no queremos hacerle daño -contestó uno de los guardias dándole a entender que, de ser necesario, se lo harían.

Daphne siguió andando hasta que vio las famosas puertas doradas, aquellas puertas enormes con escenas labradas de mujeres en un oasis.

Uno de los hombres abrió la puerta y todos la acompañaron dentro. Daphne pensó en intentar huir, pero no lo hizo porque sabía que no tenía adonde ir, así que aceptó su destino con dignidad, prometiéndose a sí misma que, tarde o temprano, encontraría la manera de hacerle pagar a Murat por aquello y podría irse de allí.

Cuando los guardias se fueron, Daphne oyó cómo cerraban la puerta y colocaban una pesada barra de oro atravesada para que no pudiera abrirla desde dentro.

– Muy típico de ti, Murat -dijo una vez a solas poniéndose las manos en las caderas-. Eres un principito repugnante, pero conmigo no vas a poder. Estoy dispuesta a aguantar esto y mucho más con tal de que no te cases con Brittany.



10 из 128