
– Me insultas al tratarme con tanta familiaridad y al dar por hecho cosas que no son.
Daphne se dio cuenta de que lo había llamado por su nombre de pila.
– Te pido perdón por no haber utilizado el título apropiado.
– ¿Y por lo otro?
– No, por lo otro no te pido perdón. Te aseguro que estoy dispuesta a hacer todo lo que sea necesario para mantener a Brittany a salvo de ti.
– El hecho de que tú no quisieras casarte conmigo no quiere decir que no haya otras mujeres que sí quieran hacerlo.
– Estoy completamente de acuerdo contigo. En el mundo hay muchas mujeres y seguramente muchas de ellas querrían convertirse en tu mujer. Quédate con la que quieras, me da igual, pero te aseguro que no te vas a casar con mi sobrina.
En lugar de contestar, Murat se metió la mano en el bolsillo y sacó un aparato del tamaño del pomo de la puerta. Unos segundos después, aparecieron seis o siete hombres armados y rodearon a Daphne. Dos de ellos la agarraron de los brazos y ella, demasiado sorprendida, no pudo ni protestar.
– ¿Qué haces? -le dijo a Murat cuando reaccionó.
– ¿Yo? Nada -contestó Murat metiéndose de nuevo el aparato en el bolsillo y arreglándose los puños de la camisa-. Lo que hagan mis guardias es otra cosa.
– ¿Me vas a detener por no permitir que te cases con mi sobrina?
– Te voy a mantener en custodia preventiva por entrometerte en los asuntos de estado de Bahania.
– Esto es de locos. No me puedes hacer esto.
– Yo diría que sí.
– ¡Canalla! -exclamó Daphne intentando zafarse sin éxito de los guardias-. Ni se te ocurra hacer que el avión dé la vuelta -le advirtió furiosa-. No pienso dejar que toques a mi sobrina.
Murat avanzó hacia la puerta, se paró y la miró.
– No te equivoques, Daphne. De una u otra manera, se va a celebrar una boda dentro de cuatro meses y la novia será una Snowden. No puedes hacer nada para impedirlo.
