
Daphne buscó algún objeto que poder arrojar, pero aquellas estancias estaban vacías. Al avanzar bajo el techo de arcadas, se encontró en un enorme salón en el que había docenas de sillas y sofás.
La puerta de la izquierda conducía a la zona de baños y la de la derecha, a las habitaciones. Reconocía aquella parte del palacio porque la había explorado diez años atrás.
Estaba completamente indignada.
Murat la había hecho encerrar en el harén.
Murat se encaminó hacia el ala de negocios del palacio. La furia lo hacía andar deprisa. Después de todos aquellos años, Daphne Snowden osaba volver a Bahania única y exclusivamente para zarandear de nuevo su mundo.
¿Acaso había vuelto para pedirle perdón? Por supuesto que no. La muy osada lo había mirado a los ojos y le había hablado como si fueran iguales. En resumen, lo había desafiado.
Murat pasó junto a los guardaespaldas apostados en la puerta y entró en el despacho de su padre.
– Está aquí -anunció.
El rey enarcó las cejas.
– No pareces muy contento -comentó -. ¿Qué ha ocurrido con tu prometida?
– No es mi prometida.
El rey suspiró y se puso en pie.
– Murat, ya sé que no estás del todo de acuerdo con esta boda, que has dicho varias veces que la chica es demasiado joven e inexperta, que no crees que pueda ser feliz aquí, pero de nuevo te pido que le des una oportunidad.
Murat se quedó mirando a su padre. La ira se había apoderado de él y bullía en sus venas, pero, después de toda una vida de no mostrar sus reacciones, logró disimular.
– No me has entendido, padre -le explicó-. No se trata de Brittany Snowden sino de Daphne Snowden.
– ¿Tu ex novia?
– Sí -se apresuró a contestar Murat.
Cuando diez años atrás Daphne había desaparecido sin dejar ni una sola nota, Murat había prohibido a todo el mundo que le hablara de ella, pero, por supuesto, su padre estaba por encima de aquella prohibición.
