– Intenta desafiarme -comentó yendo hacia un ventanal-. Por lo visto, no va a permitir que me case con su sobrina -añadió riendo-. Como si ella pudiera decirme a mí, al príncipe heredero Murat de Bahania, lo que tengo que hacer con mi vida.

– Así que te quejas porque Daphne no quiere que te cases con una mujer con la que tú tampoco querías casarte.

– No se trata de eso -contestó Murat cruzándose de brazos-. De lo que se trata es de que esa mujer no respetó mi posición hace diez años y sigue sin hacerlo.

– Comprendo que te moleste su actitud -comentó el rey-. ¿Y dónde está?

– Le he ofrecido un lugar donde quedarse mientras se arregla esta situación -contestó Murat.

– Me sorprende que Daphne haya accedido a quedarse.

– Lo cierto es que no le he dado opción -confesó Murat-. He hecho que la guardia la llevara al harén.

El rey lo miró sorprendido.

– ¿Al harén?

Murat se encogió de hombros.

– Tenía que detenerla de alguna manera. Ya ha hecho bastante haciendo que mi avión, que mandé para recoger a Brittany, volviera a Estados Unidos nada más aterrizar. Aunque me ha faltado al respeto de manera insoportable, no me parecía oportuno encerrarla en una mazmorra. El harén es un lugar cómodo. Estará bien hasta que yo decida qué voy a hacer con ella.

Aunque el harén no se utilizaba como tal desde hacía más de seis décadas, las estancias seguían manteniéndose con su esplendor original. Daphne estaría rodeada de todo tipo de lujos, excepto del de la libertad.

– Ha sido culpa suya. ¿Cómo se le ocurre interponerse entre su sobrina y yo? Aunque nunca he estado interesado en Brittany y sólo accedí a conocerla para complacerte, Daphne no tenía derecho a inmiscuirse en mis asuntos.

– Tienes razón. ¿Y qué vas hacer con ella?



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