– No lo sé -admitió Murat.

– ¿Vas a hacer que tu avión regrese antes de llegar a Estados Unidos?

– No -contestó Murat-. Lo cierto es que esa chica no me interesa en absoluto, como tú bien sabes.

Murat era consciente de que tenía que casarse y tener herederos, pero no estaba dispuesto a pasarse la vida con una jovencita superficial.

– A lo mejor hago que se quede durante unos días… para enseñarle una lección.

– ¿En el harén?

– Sí -sonrió Murat-. No le va gustar nada.


Daphne encontró su equipaje en una de las habitaciones más grandes del harén. Los dormitorios estaban compuestos por varias habitaciones privadas, reservadas a las mujeres que habían obtenido el favor del rey. Las estancias estaban decoradas con gusto. Alfombras antiquísimas cubrían los suelos y había muebles de madera labrada por todas partes.

Daphne ignoró las maletas y se acercó a las paredes. ¿Cómo habían llegado hasta allí? Nadie había entrado por la puerta principal porque ella lo habría visto, lo que quería decir que debía de haber una entrada secreta en algún lugar.

Tras un buen rato buscándola sin éxito, Daphne decidió volver a intentarlo más tarde y salió al patio ajardinado. Una vez fuera, el vuelo de dos aves llamó su atención y, al levantar la cabeza, vio que se trataba de dos preciosos loros de colores tropicales.

– En los harenes siempre había loros porque sus gritos ocultaban las voces de las mujeres – dijo una voz a sus espaldas.

Daphne se giró y se encontró con Murat.

Al instante, sus hormonas sexuales la traicionaron y, para su desesperación, en lugar de encontrarse odiándolo, se encontró experimentando un extraño placer por volver a verlo.

Abandonarlo diez años atrás había sido lo más razonable que pudo hacer, pero le había costado mucho tiempo olvidarse del amor que sentía por él. Ni el dolor de saber que no la amaba lo suficiente como para ir a buscarla había hecho que se recuperara más deprisa.



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