
– No me extraña.
¿En qué demonios estaría pensando Murat para querer casarse con una adolescente?
– Ya me encargo yo de todo -le prometió a su sobrina-. Cuando aterricemos, tú ni te vas a bajar del avión, ¿me oyes? Vas a volver a casa inmediatamente. Yo me voy a quedar para hablar con el príncipe.
– ¿De verdad? ¿Ni siquiera voy a tener que conocerlo?
– No. Vas a volver a Estados Unidos como si esto jamás hubiera sucedido.
– ¿Y qué le digo a mi madre?
– De ella también me encargo yo.
Una hora después, Daphne estaba sentada en la parte trasera de una limusina rumbo al Palacio Rosa de Bahania.
Debido a las muchas horas de avión, esperaba encontrar la ciudad sumida en la oscuridad, pero no fue así porque, con la diferencia horaria, allí era por la tarde.
Daphne se sentó junto a la ventana y vio pasar los preciosos edificios antiguos que se mezclaban con los modernos del barrio financiero y el increíble azul del Mar Arábigo, situado al sur de la ciudad.
Cuando hacía diez años había estado allí por primera vez, se había enamorado por completo del país.
«No debo pensar en aquello», se dijo.
No tenía tiempo para recordar el pasado. Tenía que concentrarse en lo que le iba a decir a Murat.
A medida que los segundos iban pasando, Daphne se dio cuenta de que le importaba muy poco encontrar las palabras exactas. En cuanto Brittany llegara a Estados Unidos, estaría a salvo de las garras de Murat.
Aun así, no pudo evitar ponerse un poco nerviosa cuando la limusina negra cruzó las verjas de hierro del palacio.
Cuando el vehículo se paró frente a la puerta principal, Daphne tomó aire para calmarse. Al cabo de unos segundos, uno de los guardias le abrió la puerta y Daphne salió de la limusina y miró a su alrededor.
Los jardines estaban tan bellos como los recordaba. A la izquierda estaba la verja que conducía al jardín de estilo inglés que siempre le había gustado y a la derecha salía el camino que llevaba a la playa.
