Murat esperaba encontrar a una jovencita maleable que accediera a todos sus deseos por temor a no complacerlo, pero se iba a encontrar con alguien muy diferente.

Al oír pasos en el pasillo, Daphne dejó el vaso de agua y echó los hombros hacia atrás. Unos segundos después, el príncipe heredero entró en el salón.

Mientras se fijaba en su maravilloso cuerpo y en su elegante traje, Daphne se percató de que seguía andando con un estilo especial. Además, seguía siendo un oponente formidable, tal y como demostraba que no se hubiera sorprendido en absoluto al verla.

– Daphne -sonrió levemente al saludarla-. Por fin has vuelto.

– Ya sé que no me esperabas, pero Brittany no ha podido venir -contestó Daphne.

– ¿Está enferma?

– No, más bien, ha recuperado la cordura. Ahora mismo está volviendo a Estados Unidos. No va a haber boda -declaró con brusquedad-. Lo siento -mintió.

– Sí, seguro que lo sientes mucho -contestó Murat acercándose al teléfono y marcando un número-. Con el aeropuerto. Quiero hablar con la torre de control -dijo muy serio-. ¿Mi avión?

Daphne se quedó observándolo y le pareció que Murat apretaba levemente las mandíbulas, pero no se habría atrevido a asegurarlo. Daphne se dijo que, obviamente, tenía que estar sintiendo algo.

Tal vez, no.

Diez años atrás había dejado que ella se fuera, así que ¿por qué le iba a importar ahora que Brittany se hubiera ido también?

– Supongo que tú habrás tenido algo que ver con su decisión -comentó colgando el teléfono y girándose hacia ella.

– Por supuesto -contestó Daphne-. Era una locura que se casara contigo. ¿En qué estabas pensando para querer casarte con una chica que acaba de cumplir dieciocho años? Es una niña. Si tan desesperado estás por casarte, por lo menos, elige a alguien de tu edad.

Por primera vez desde que había entrado en el salón, en el rostro de Murat se reflejó una emoción, una emoción de furia.



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