
– Eh, Khoury. Tu mujer no ha vuelto a casa, ¿verdad?
– ¿Quién es?
– No es asunto tuyo saber quién es. Tenemos a tu mujer, árabe inmundo. ¿Quieres que te la devolvamos o no?
– ¿Dónde está? Déjeme hablar con ella.
– ¡Ja, ja!, vete a la mierda, Khoury -rezongó el hombre, y cortó la comunicación.
Khoury se quedó parado un momento, gritando «hola» a un teléfono mudo y tratando de decidir qué hacer a continuación. Corrió hacia fuera, fue al garaje, confirmó que su Buick estaba allí, pero el Camry de ella no. Corrió por el sendero hasta la calle, miró en ambas direcciones, volvió a la casa y cogió el teléfono. Se quedó escuchando la señal sin saber a quién llamar.
– ¡Mierda! -dijo en voz alta. Dejó el teléfono y aulló-: ¡Francey!
Subió corriendo las escaleras e irrumpió en el dormitorio, gritando el nombre de su mujer. Por supuesto que no estaba allí, pero no podía evitarlo, tenía que mirar todas las habitaciones. Era una casa grande y entró y salió corriendo de cada una, gritando su nombre, a la vez espectador y actor de su propio pánico. Finalmente volvió a la sala de estar y vio que había dejado el teléfono descolgado. Genial. Si estaban tratando de dar con él, no podrían comunicarse. Colgó el receptor y deseó que sonara, y casi inmediatamente lo hizo.
Era una voz masculina diferente esta vez, más tranquila, más cultivada.
– Señor Khoury, he estado tratando de hablar con usted y estaba comunicando. ¿Con quién estaba hablando?
– Con nadie. Tenía el teléfono descolgado.
– Espero que no haya llamado a la policía.
– No he llamado a nadie -replicó Khoury-. Me equivoqué. Creí que había colgado el auricular pero lo dejé junto al teléfono. ¿Dónde está mi esposa? Déjeme hablar con ella.
– No debería dejar el teléfono descolgado. Y no debería llamar a nadie.
– No lo haré.
– Y, por cierto, nada de llamar a la policía.
– ¿Qué quiere?
– Quiero ayudarle a recuperar a su esposa. Si es que quiere recuperarla. ¿Quiere recuperarla?
