Si en verdad me molestara, siempre podía pedirle que dejara de hacerlo. Ella se había hecho con un buen peculio a través de los años. Había ahorrado bastante y ponía la mayor parte en inversiones inmobiliarias productivas. Podía dejar la profesión sin tener que cambiar su estilo de vida.

Algo me impedía pedírselo. Supongo que era reacio a admitir delante de ella que su trabajo me molestaba. Y era igualmente renuente a hacer algo que cambiara alguno de los elementos de nuestra relación. No estaba rota y yo no quería arreglarla.

Sin embargo, las cosas cambian. No puede ser de otra manera. Aunque no sea por ninguna otra razón, se alteran por el simple hecho de no cambiar.

Evitábamos usar la palabra que empieza por A, aunque evidentemente era amor lo que yo sentía por ella y ella por mí. Evitábamos comentar la posibilidad de casarnos, o de vivir juntos, aunque sé que yo pensaba en eso y no tenía ninguna duda de que ella también lo pensaba. Pero no lo comentábamos. Era la cosa de la que no se hablaba, excepto cuando no hablábamos de amor o de lo que ella hacía para ganarse la vida.

Tarde o temprano, por supuesto, tendríamos que pensar en estas cosas y hablarlas y hasta ocuparnos de ellas. Mientras tanto, las encarábamos una a una, que es como me habían enseñado a tomar la vida desde que dejé de tomar whisky con más rapidez de la que podía destilarlo. Como alguien señaló, convendría encararlo todo de golpe. Todo de una vez. Al fin y al cabo, así es como el mundo te lo entrega.


A las cuatro menos cuarto de ese mismo jueves por la tarde, sonó el teléfono en la casa de los Khoury, en Colonial Road. Cuando Kenan Khoury contestó, una voz masculina masculló:



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