
– ¿Qué?
– Apuesto a que nunca has estado en Irlanda.
– Nunca he salido del país -refunfuñé-. Espera un minuto. Eso no es cierto. He estado un par de veces en Canadá y una en México, pero…
– ¿Nunca has estado en Europa?
– No.
– Bueno, toma un avión y ven. Tráela a ella si quieres -se refería a Elaine- o ven solo, da lo mismo. Hablé con Rosenstein. Dice que es mejor que me mantenga fuera del país por un tiempo. Dice que puede arreglarlo todo, pero que tienen a esa puta fuerza de control federal husmeando y que no me quiere en suelo norteamericano hasta que todo haya pasado. Me podría quedar atascado en este jodido y apestoso lugar otro mes o más. ¿Qué es lo que tiene tanta gracia?
– Creía que te encantaba el lugar y ahora es un agujero apestoso.
– Cualquier lugar es apestoso cuando no tienes a tus amigos alrededor. Ven, hombre. ¿Qué dices?
Peter Khoury llegó a casa de su hermano después de que Kenan mantuviera una conversación más con el más amable de los secuestradores. El hombre había parecido algo menos amable esta vez, especialmente hacia el final de la conversación, cuando Khoury trató de exigir alguna prueba de que Francine estaba viva y bien. La conversación fue algo más o menos así:
Khoury: Quiero hablar con mi esposa.
Secuestrador: Eso es imposible. Está en una casa segura. Yo estoy en un teléfono público.
Khoury: ¿Cómo podré saber que está bien?
Secuestrador: Porque hemos tenido todas las razones para cuidarla bien. Vea cuánto vale para nosotros.
Khoury: ¿Y cómo puedo estar seguro de que la tienen realmente?
Secuestrador: ¿Conoce sus pechos?
Khoury: ¿Cómo?
Secuestrador: ¿Reconocería uno de ellos? Sería la forma más sencilla. Le cortaré una teta y la dejaré en el umbral de su casa, eso le tranquilizará.
Khoury: ¡Por Dios, no diga eso! ¡Ni siquiera lo diga!
