No tienen que ser jamaicanos. Lo vi el otro día en la prensa, laosianos en San Francisco. Todas las semanas sale un nuevo grupo étnico con ganas de matarte -dijo cabeceando-. La cosa es que en una legítima transacción con drogas, uno se puede apartar de cualquier cosa que no parezca correcta. No tienes por qué cerrar el trato. Si tienes el dinero, lo puedes gastar en otra parte. Si tienes la mercancía, se la puedes vender a otro. Sólo sigues en el negocio mientras funcione y puedas retroceder, levantas burladeros por el camino, y desde el principio conoces a la gente y sabes si puedes confiar en ella o no.

– En cambio, aquí…

– En cambio, aquí no tenemos nada. Dije: nosotros llevamos el dinero y ustedes traen a mi esposa. Dijeron que no. Dijeron que así no se hace. ¿Qué les voy a decir, quédense con mi esposa? ¿Véndansela a otro si no les gusta cómo hago yo los negocios? No puedo hacer eso.

– No.

– Excepto que podría hacerlo. Él dijo un millón, yo dije cuatrocientos mil. Les mandé a la mierda, eso es todo, y él aceptó. Supón que yo dijera…

Sonó el teléfono. Kenan habló unos minutos y tomó notas en una agenda.

– No voy a ir solo -dijo en un momento dado-. Tengo a mi hermano aquí, viene conmigo. Ninguna discusión. -Escuchó un poco más y estaba por decir algo cuando el teléfono le hizo un clic en el oído.

– Tenemos que darnos prisa. Quieren el dinero en dos bolsas resistentes. Eso es bastante fácil. Me pregunto, ¿por qué dos? Tal vez no saben el bulto que hacen cuatrocientos mil dólares, cuánto espacio ocupan.

– Tal vez el médico les tiene prohibido que levanten cosas pesadas.

– Quizá. En teoría tenemos que ir al cruce de Ocean Avenue con Farragut Road.

– En Flatbush, ¿no?

– Creo que sí.

– Claro. Farragut Road está a un par de manzanas de la Universidad de Brooklyn. ¿Qué hay allí?

– Una cabina telefónica.

Cuando tuvieron el dinero repartido en dos bolsas de basura, Kenan tendió a Peter una pistola, una automática de 9 mm.



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