
– Cógela -dijo-. No podemos meternos en esto desarmados.
– No nos metemos en esto para nada. ¿De qué me va a servir un arma?
– No sé. Llévala por si acaso.
En el camino hacia la puerta, Peter cogió el brazo de su hermano.
– Te has olvidado de poner la alarma -dijo.
– Tienen a Francey y nosotros llevamos el dinero. ¿Qué queda por robar?
– Ya que tienes la alarma, será mejor que la pongas, Kenan. No puede ser menos útil que los malditos revólveres.
– Sí, tienes razón -y entró de nuevo en la casa.
Cuando volvió a salir, dijo:
– Sistema sofisticado de seguridad. No puedes entrar en mi casa por la fuerza ni interceptar mis teléfonos ni llenar las instalaciones con micrófonos ocultos. Lo único que puedes hacer es secuestrar a mi esposa y hacerme correr por la ciudad con dos bolsas de basura llenas de billetes de cien dólares.
– ¿Cuál es el mejor camino, pichón? Pensaba en la carretera de Bay Ridge y luego la autopista Kings hasta Ocean.
– Supongo que sí. Hay una docena de caminos que se pueden tomar, pero ése es tan bueno como cualquiera. ¿Quieres conducir, Peter?
– ¿Quieres que lo haga?
– Sí, hazme el favor. Yo probablemente embestiría a un guardia de tráfico por detrás, en el estado en que estoy. O atropellaría a una monja.
Tenían que estar en el teléfono público de Farragut Road a las ocho y media. Llegaron tres minutos antes, según el reloj de Peter. Él se quedó en el coche, mientras Kenan iba hasta el teléfono y se quedaba plantado allí, esperando que sonara. Antes, al salir, Peter se había metido la pistola debajo del cinturón, en la región lumbar. Era consciente de su presión mientras conducía. Ahora la cogió y se la puso sobre las piernas. Sonó el teléfono y Kenan contestó. Las ocho y media según el reloj de Peter. ¿Estaban guiándose por la hora o estaban vigilando detalladamente toda la operación, con alguien sentado en una ventana de alguno de los edificios del otro lado de la calle, mirando lo que pasaba?
