
Hay quienes sostienen que una vez que uno deja Manhattan está fuera de la ciudad. Están equivocados. Uno está sólo en otra parte de la ciudad, pero no hay duda de que la diferencia es palpable. Se podría detectar con los ojos cerrados. El nivel de energía es diferente, el aire no zumba con la misma intensidad.
Caminé una manzana por la Cuarta Avenida, pasando por un restaurante chino, una verdulería coreana, un salón de belleza y un par de bares irlandeses, luego atajé hacia Colonial Road y encontré la casa de Kenan Khoury. Formaba parte de un grupo de amplias casas familiares, estructuras cuadradas y sólidas que parecían haber sido construidas en algún momento entre las dos guerras. Un césped diminuto y medio tramo de escalones de madera que conducían a la entrada principal. Los subí y toqué el timbre.
Pete me hizo pasar y me llevó a la cocina. Me presentó a su hermano, que se puso de pie para darme la mano y luego hizo un gesto para que me sentara en una silla. Él siguió de pie, caminó hasta el fogón y se volvió a mirarme.
– Le agradezco que haya venido -dijo-. ¿Le importa que le haga un par de preguntas, señor Scudder, antes de que empecemos?
– En absoluto.
– ¿Algo para beber primero? Bebida alcohólica, no. Sé que usted conoce a Petey de Alcohólicos Anónimos, pero hay café hecho o puedo ofrecerle una gaseosa. El café es estilo libanés, que es del mismo estilo que el café turco o el armenio, muy cargado y fuerte. O hay un frasco de Yubán instantáneo, si prefiere eso.
– El café libanés suena bien.
Sabía bien, también. Tomé un sorbo y él dijo:
– Usted es detective, ¿no es verdad?
– Sin licencia.
– ¿Y eso qué significa?
– Que no tengo categoría oficial. Ocasionalmente hago trabajos per diem para una de las grandes agencias, y en esas ocasiones opero con la licencia de ellos, pero lo demás que haga es privado y no oficial.
