
– ¿Cuál es el punto crucial?
– No sé cuál es el punto crucial. Puede cambiar considerablemente. No puedo prometerle mucho porque no sé lo que está decidido a contarme. Vine hasta aquí porque Pete no quería decir nada por teléfono y ahora parece que usted tampoco quiere decir nada cara a cara. Tal vez debería irme a casa.
– Tal vez -dijo.
– Niño…
– No -admitió, poniéndose de pie-. Fue una buena idea, hombre, pero no está resultando. Nosotros mismos los encontraremos. -Sacó un rollo de billetes del bolsillo, separó uno de cien y me lo tendió a través de la mesa-. Por sus taxis de ida y vuelta y por su tiempo, señor Scudder. Lamento que le hayamos arrastrado hasta aquí para nada.
Al ver que yo no alargaba la mano, dijo:
– Quizá su tiempo valga más de lo que he calculado. Aquí tiene, y nada de resentimientos, ¿eh? -Añadió un segundo billete al primero y yo seguí sin cogerlos.
Empujé la silla hacia atrás y me puse de pie.
– No me debe nada -observé-. No sé lo que vale mi tiempo. Digamos que, con el café, estamos en paz.
– Coja el dinero, el taxi debe de costar unos veinticinco por trayecto.
– He cogido el metro.
Me miró fijamente.
– ¿Ha venido en metro? ¿Mi hermano no le dijo que cogiera un taxi? ¿Para qué quiere ahorrar dinero, especialmente cuando lo estoy pagando yo?
– Guarde su dinero -le dije-. Cogí el metro porque es más sencillo y más rápido. Cómo voy de un lugar a otro es asunto mío, señor Khoury, y yo hago mi trabajo como quiero. Usted no me diga cómo andar por la ciudad y yo no le diré cómo venderles crack a los escolares. ¿Qué le parece?
– ¡Dios mío! -exclamó.
– Lamento que ambos hayamos perdido nuestro tiempo -le dije a Pete-. Gracias por pensar en mí.
Me preguntó si quería que me llevara a la ciudad con el coche o al menos a la estación del metro.
