
Habría podido ir por la Cuarta Avenida hasta Atlantic; habría podido seguir la autovía Gowanus para entrar en South Brooklyn. No hay manera de saberlo y tampoco importa mucho. El caso es que condujo el Camry hasta el cruce de Atlantic con Clinton Street. Hay un restaurante sirio llamado Alepo en la esquina sudoeste y, junto a él, en Atlantic, hay una gran tienda de platos preparados que se llama El gourmet árabe. (Francine nunca la llamaba así. Como la mayoría de la gente que compraba allí, la llamaba Casa Ayoub, nombre del propietario anterior, que la había vendido y se había mudado a San Diego hacía diez años.) Francine estacionó el coche en un lugar con parquímetro en el lado norte de Atlantic, casi enfrente de El gourmet árabe. Fue hasta la esquina, esperó a que la luz del semáforo cambiara y cruzó la calle. Cuando entró en la tienda, la furgoneta azul estaba estacionada en una zona de carga frente al restaurante Alepo, que está al lado de El gourmet árabe.
No estuvo mucho tiempo en la tienda. Sólo compró unas cuantas cosas y no necesitó ayuda para llevarlas. Salió de allí aproximadamente a las 12.20. Iba vestida con un abrigo de pelo de camello, pantalones color gris pizarra y una rebeca beis encima de un jersey de cuello alto de color chocolate. El bolso le colgaba del hombro y llevaba una bolsa de plástico en una mano y las llaves del coche en la otra.
Las puertas traseras de la furgoneta azul estaban abiertas y los dos hombres que habían bajado con anterioridad estaban otra vez en la acera. Cuando Francine salió de la tienda, echaron a andar para ponerse uno a cada lado de la mujer. Al mismo tiempo, un tercer hombre, el conductor de la furgoneta, puso en marcha el motor.
Uno de los hombres preguntó:
– ¿Señora Khoury?
La mujer se volvió, y el hombre abrió y cerró con rapidez su cartera, para que ella viese una insignia, o nada en absoluto. El segundo hombre dijo: