
Después de la reunión comí en alguna parte y a continuación llamé a Elaine. Respondió el contestador automático, lo que significaba que había salido o estaba acompañada. Elaine es una de esas prostitutas que contactan por teléfono y estar acompañada es lo que hace para ganarse la vida.
Conocí a Elaine años atrás, lejos, en Long Island, cuando era un policía alcohólico con una placa dorada nueva en el bolsillo y una esposa y dos hijos. Durante un par de años tuvimos una relación que nos venía muy bien a los dos. Yo era su amigo en el lugar de trabajo, que estaba allí para guiarla y sacarla de líos: fui llamado una vez para sacar a un cliente muerto de su cama y llevarlo a una calleja del distrito financiero. Y ella era la amante soñada, bella, brillante, graciosa, profesionalmente experta y, sobre todo, tan agradable y poco exigente como sólo una puta puede serlo. ¿Quién habría podido pedir más?
Después que hube dejado mi casa, mi familia y mi trabajo, Elaine y yo casi perdimos el contacto. Luego, un monstruo de nuestro pasado compartido apareció para amenazarnos a los dos y las circunstancias nos volvieron a reunir. Y, cosa notable, seguimos juntos.
Ella tenía su piso y yo mi hotel. Nos veíamos dos, tres o cuatro noches por semana. Por lo general, esas noches terminaban en su casa, y la mayoría de las veces me quedaba a pasar allí la noche. Ocasionalmente nos íbamos juntos de la ciudad por una semana o un fin de semana. Los días que no nos veíamos, casi siempre hablábamos por teléfono, con frecuencia más de una vez.
Aunque no habíamos hablado nunca de olvidarnos del resto, en lo esencial lo habíamos hecho. Yo no veía a nadie más, y ella tampoco, con la excepción, claro está, de sus clientes. Periódicamente corría hacia algún hotel o recibía a alguien en su apartamento. Esto nunca me había molestado en los primeros tiempos de nuestra relación. A decir verdad, era probable que hubiera sido parte del atractivo, de manera que no veía por qué habría de molestarme ahora.
